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La ventaja de los destinos emergentes

Foto del escritor: Editorial
Editorial
22 sept
6 min de lectura

Los mercados de hospitalidad que aún no están definidos por décadas de estandarización tienen una oportunidad única para diseñar experiencias conectadas con su contexto.

 


Por: David Darlington

Socio y Líder de Hotelería de Gensler Costa Rica

 

Durante generaciones, las mejores ideas de la industria de la hotelería siguieron una sola dirección. Surgían en un puñado de capitales globales, París, Nueva York o Tokio, por mencionar algunas, y el resto del mundo aprendía su lenguaje. Era un mapa con un centro claro, donde la innovación nacía y desde donde se definían los estándares.

 

Ese modelo sentó las bases de la industria: consolidó una cultura de servicio, elevó el rigor operativo y construyó un profundo conocimiento sobre cómo debe funcionar un hotel. Sin embargo, con el tiempo, la influencia también se convierte en inercia. Lo que comenzó como una buena práctica termina transformándose en infraestructura y hábito, hasta que los mismos sistemas que impulsaron la innovación se vuelven los más difíciles de replantear.

 

Hoy, los huéspedes buscan algo que esos modelos muchas veces no logran ofrecer: experiencias auténticas, profundamente vinculadas al lugar donde ocurren, en lugar de propuestas que podrían existir en cualquier parte del mundo.

 

Es precisamente ahí donde los mercados emergentes encuentran una ventaja. Es el contexto en el que hemos desarrollado gran parte de nuestra práctica, y por eso nuestra perspectiva no es neutral. No porque estos destinos estén incompletos o deban idealizarse, sino porque tienen menos paradigmas que desaprender.

 

Son lugares donde el diseño responde más directamente al clima, al territorio y a las condiciones reales del contexto, con menos fórmulas preestablecidas de por medio. Cuando el catálogo de soluciones está a un océano de distancia, la creatividad deja de ser una opción y se convierte en una necesidad.

 

Esa ventaja, sin embargo, no es permanente. Existe precisamente porque el lugar aún está construyendo su identidad turística, y cada proyecto exitoso contribuye a definir lo que vendrá después.

 

Los viajeros también han cambiado. Hoy son más experimentados, visualmente sofisticados y mucho menos impresionables por los antiguos símbolos del lujo. Todos reconocemos esa habitación de hotel que parece replicarse en cualquier ciudad: un cabecero capitoné, un espejo con acabado bronce y un libro de mesa sobre una cultura que nadie realmente conoce.

 

Lo que hoy genera una conexión genuina es exactamente lo contrario: la sensación de que un lugar fue concebido a partir de su propio clima, su paisaje y sus limitaciones, y no ensamblado a partir de un mismo catálogo global. Los huéspedes rara vez pueden explicar esa diferencia cultural con palabras, pero la perciben desde el momento en que llegan, en decenas de pequeños detalles que se niegan a ser genéricos.

  

Cuando el territorio define el proyecto

 

Desde el diseño, esa realidad también es evidente. En un resort boutique que estamos desarrollando sobre el promontorio de Nungwi, al noreste de Zanzíbar, las principales limitaciones no son estéticas, sino logísticas. Cada elemento importado o altamente especializado debe llegar por contenedor marítimo después de meses de espera, y solo el costo del transporte puede transformar por completo el presupuesto del proyecto.

 

Por eso, la arquitectura comienza con la isla misma: piedra coralina, madera, acabados texturizados y el propio acantilado fósil sobre el que se asientan los edificios. Algunos volúmenes se integran a la pendiente en lugar de imponerse sobre ella, adoptando gradualmente los colores y la materialidad del paisaje.

 

La disponibilidad energética también obliga a diseñar con inteligencia. En lugar de depender de sistemas mecánicos complejos, el proyecto recupera estrategias que durante siglos han definido la arquitectura de la costa suajili: sombra profunda, ventilación cruzada y una orientación cuidadosamente alineada con los vientos predominantes y la proximidad del océano.

 

Nada de esto responde a una decisión estilística. Es el lugar el que determina las reglas del proyecto. Y ninguna de esas soluciones sería posible sin el conocimiento de quienes entienden qué materiales ofrece la isla y cómo trabajarlos. Las restricciones, por sí solas, no producen buena arquitectura; son las personas quienes las convierten en oportunidades de

diseño.

 


Nadie lo llamaba diseño


Lo que en Zanzíbar surge de las condiciones logísticas, en otros lugares nace de la memoria colectiva. Muchas de las soluciones que aparecen en estos proyectos no son nuevas. Son conocimientos que permanecían presentes mucho antes de ser reconocidos como parte del diseño. Y esa inteligencia no siempre es material; muchas veces es social. Es una manera de organizar la vida y el espacio que las comunidades desarrollaron desde antes de que existiera la profesión del diseño.

 

En un resort que diseñamos junto a un sitio natural declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, en el sur de la India, la idea organizadora proviene de la Wada, la tradicional casa-patio maratha, donde la vida gira alrededor de un patio común y la veranda adquiere mayor relevancia que las habitaciones privadas.

 

Esa lógica dio forma al proyecto. El patio se convierte en el corazón de la experiencia; los espacios de encuentro anteceden a las suites, y las transiciones sombreadas tienen más protagonismo que los corredores cerrados.

 

Durante unas pocas semanas al año, el paisaje pasa de ser un terreno rocoso a cubrirse completamente de flores silvestres, para luego volver a transformarse. El proyecto acompaña ese ciclo natural en lugar de intentar permanecer ajeno a él. Es una forma de interpretar cuidadosamente la manera en que el propio lugar vive y traducirla en arquitectura.

 

En otras ocasiones, el mayor recurso son las personas.

 

Muchos operadores optan por trasladar equipos completamente capacitados desde otros destinos. El resultado suele ser un servicio impecable, pero también intercambiable: la misma hospitalidad, con las mismas expresiones y los mismos protocolos, sin importar el país.

 

Las experiencias más memorables aparecen cuando ambas realidades se combinan. La disciplina operativa aporta consistencia, mientras que el talento local introduce identidad, matices y conocimiento del contexto. Es esa combinación la que convierte un estándar en una experiencia irrepetible.

 

Y, en ocasiones, ese encuentro logra algo aún más valioso: no solo incorpora la artesanía local al proyecto, sino que devuelve vigencia a oficios tradicionales que corrían el riesgo de desaparecer.

 

El costo de la madurez

 

Las mismas condiciones que permiten que un proyecto alcance un carácter excepcional también pueden hacer que otro pase inadvertido. La diferencia está en la disciplina del diseño.

 

Los mercados emergentes no son mejores ni más auténticos. Su mayor fortaleza es que todavía conservan una especificidad que muchos destinos consolidados han ido perdiendo lentamente como consecuencia de décadas de estandarización.

 

Sin embargo, esa autenticidad también tiene fecha de vencimiento. Gran parte de la libertad que caracteriza a estos lugares proviene simplemente de llegar temprano. Antes de que exista una carretera, antes de que madure la cadena de suministro, antes de que aparezcan los manuales de marca y las respuestas fáciles vuelvan a estar disponibles.

 

Cuando un destino desarrolla un buen proyecto, también llegan la infraestructura, las conexiones aéreas y nuevos inversionistas. De pronto, aquello que antes era difícil de conseguir está a solo una llamada telefónica de distancia. La disciplina que antes imponían naturalmente la distancia y la escasez pasa a ser una decisión consciente. Y no todos los proyectos la toman. No se trata de pesimismo. Es simplemente uno de los costos habituales de la madurez.

 

La verdadera pregunta no es si un hotel en un mercado emergente puede ofrecer una propuesta distintiva cuando el destino apenas comienza a desarrollarse. Eso suele ser relativamente sencillo.

 

La pregunta es si podrá seguir haciéndolo cuando ese destino alcance su madurez. Más que una condición inevitable, es una responsabilidad que debe gestionarse.

 

Guanacaste, Costa Rica, ya no es un destino desconocido. Hoy cuenta con marcas internacionales, una sólida conectividad aérea y una creciente cartera de desarrollos.

 

Aun así, Nekajui, un Ritz-Carlton Reserve ubicado en la Península Papagayo, demuestra que es posible mantener esa disciplina incluso en un mercado consolidado. Sus pabellones se elevan entre las copas de los árboles para convertir el bosque en el verdadero techo del proyecto; la capilla incorpora un mosaico inspirado en símbolos reinterpretados de la cultura chorotega; y el trabajo artesanal en madera rescata técnicas que la región dejó de necesitar hace décadas.

 

Incluso su nombre proviene de la lengua chorotega: Nekajui, que significa jardín exuberante. Cuando el desarrollo se gestiona con sensibilidad, la madurez no diluye el carácter de un lugar. Puede fortalecerlo.

 

La mayor riqueza de la periferia es que sigue siendo permeable


Hay algo que ningún estándar de marca puede fabricar: aquello que ocurre fuera del guion. Cuando una experiencia está completamente controlada, todos los huéspedes recorren exactamente la misma secuencia para llegar a la misma emoción.

 

Los mercados emergentes conservan algo distinto y es que siguen siendo permeables. Dejan espacio para el descubrimiento inesperado: la recomendación espontánea de un habitante local, el restaurante que nunca apareció en el itinerario o el desvío que termina convirtiéndose en el mejor recuerdo del viaje.

 

Algún día, un huésped despertará en ese promontorio de Zanzíbar y sabrá exactamente en qué costa se encuentra, aunque no pueda explicar cómo lo sabe. Ese es el tipo de experiencia que buscamos diseñar. Un momento que, una vez vivido, deja de pertenecernos para convertirse en parte de la memoria de quien lo experimenta.

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