top of page
  • Facebook
  • YouTube
  • Instagram
  • X
  • LinkedIn

El caso Bansky: Cuando el anonimato es en sí mismo la obra

  • Foto del escritor: Editorial
    Editorial
  • hace 4 horas
  • 5 Min. de lectura

En marzo de 2026, Reuters publicó una investigación que identifica al artista callejero Banksy como Robin Gunningham, un hombre de 51 años de Bristol, Inglaterra. La noticia no tardó en dar la vuelta al mundo.

 



Por: Monserrat Soto

Socia experta en Propiedad Intelectual ECIJA Costa Rica.

 

(M&T)-. En el imaginario colectivo, Banksy había sido construido como una aleación imposible entre Batman y Robin Hood: artista, anarquista, anticapitalista, provocador, un fantasma urbano que se movía en las sombras y pintaba a espray los muros con crítica. Un mito en sí mismo. Nadie esperaba menos de quien había instalado en secreto una trituradora dentro del marco de una pintura — la icónica niña con el globo rojo — para que se destruyera en el instante exacto en que el martillo de Sotheby's cayó sobre una oferta de más de £1,000,000. Un acto de sabotaje perfecto desde la clandestinidad.


Cuando la noticia de la identidad de Bansky circuló, no se reveló a un genio incomprendido, ni a un activista radical. No. Banksy era, como lo han descrito en medios de prensa, un “tipo blanco promedio”.


Más allá del morbo mediático, y lejos de la desilusión y el desencanto masivo, el caso plantea preguntas de trascendencia para el mundo de la propiedad intelectual.


Banksy no es el primero, ni será el último artista, en hacer del anonimato parte de su identidad artística. A lo largo de la historia del arte, numerosos creadores han optado por ocultar su nombre real: las hermanas Brönte, Charlotte, Emily y Anne, que publicaron los libros como Currer, Ellis y Acton Bell, respectivamente, para no ser blanco de críticas ni discriminación de género; Eric Arthur Blair que eligió el pseudónimo de George Orwell, para separar su identidad pública de sus obras más políticamente cargadas como 1984 y Rebelión en la granja; Daft Punk, que en música hizo lo que Banksy; Lewis Carroll, cuyo nombre real era Charles Lutwidge Dodgson, matemático y académico en Oxford, quien usó el pseudónimo para no afectar su credibilidad profesional al escribir Alicia en el País de las Maravillas; Margaret Keane, quien por muchos años firmó simplemente como “Keane”, facilitando que su esposo se atribuyera la autoría de todas sus pinturas.


La lista puede seguir.


Y es que el llamado nom de plume de tantos autores, también sirve como un nom de guerre. Un free pass para la expresión. No importa si la guerra es comercial, para poder publicar más libros y no saturar el mercado como hizo Stephen King, o como Voltaire, quien usó ese pseudónimo para no ser censurado y para salvaguardar su libertad y su vida. Es guerra al fin. En todos estos casos, el pseudónimo o el anonimato no era evasión ni cobardía, era el mensaje y, en muchos casos, el único camino transitable.


El derecho de autor reconoce el derecho moral de paternidad que es el derecho del autor a ser identificado como creador de su obra. Pero ese mismo derecho incluye su cara inversa, el derecho a permanecer anónimo o a publicar bajo pseudónimo, reconocido explícitamente en el Convenio de Berna y en la mayoría de las legislaciones nacionales.


Banksy ha ejercido activamente ese segundo derecho. Su anonimato no es capricho, es la condición de posibilidad de toda su obra. Una obra que critica el poder, la vigilancia, el capitalismo y la guerra, producida muchas veces en la vía pública sin autorización. Resguardar su identidad no es un acto neutral, es un medio en sí mismo para la expresión sin filtro y también sin consecuencias.


Al vivir en una cultura que experimenta una ansiedad profunda ante lo desconocido y en un mundo donde las redes sociales, los algoritmos de reconocimiento facial, los datos y las técnicas de geolocalización han hecho que el anonimato sea cada vez más difícil de sostener, no sorprende que la máscara de Banksy pueda haber caído. Era cuestión de tiempo.


A la fecha si bien las pruebas apuntan a que Banksy es Robin Gunningham, todavía no se puede confirmar su identidad.


Sea cual sea el estado actual de uno de los misterios del arte mejor guardados, la amenaza de perder el anonimato no parece haber disuadido al artista. Recientemente, el 29 de abril de 2026, en el centro de Londres se dio por primera vez el avistamiento de una nueva escultura de Banksy: esta vez se trata de un hombre de traje, de tamaño real, enarbolando una bandera que tapa su rostro, mientras avanza al vacío. A los pies de la escultura se lee: Banksy. El artista no solo se atribuyó la autoría con su rúbrica, sino que fue un paso más allá: documentó la forma en que la escultura en cuestión fue instalada. Siempre a las sombras y sin alertar a nadie. Un nuevo acto de rebeldía que se puede interpretar como un “no soy quien creen” o un “sí soy, y me importa muy poco”.


El potencial unveiling -develamiento- de Banksy tiene implicaciones importantes, más allá de la desmitificación del personaje. Para empezar, parte del valor de la obra de Banksy es dado en gran medida por el aura de misterio que lo redea. Cualquier revelación de su identidad, una vez se confirme, puede llevar a un replanteamiento a la baja del valor de sus obras.


El método de expresión ciertamente podría a cambiar en caso de que se confirme su identidad. Banksy ha intervenido muros, puentes y edificios sin autorización en decenas de países. Mientras fue anónimo, perseguirle era casi imposible. Con una identidad verificada, las autoridades y los propietarios de inmuebles afectados podrían iniciar acciones legales en su contra.

La pregunta más interesante desde el punto de vista jurídico gira en torno al derecho moral de autor, específicamente el de paternidad, un derecho inalienable, irrenunciable, intransferible, perpetuo e inherente a la persona del autor. Cabe preguntarse si la revelación forzosa de la identidad de un autor, en contra de su voluntad, podría considerarse una vulneración de ese vínculo moral. En algunos sistemas jurídicos continentales, como el costarricense, podría abrirse un debate sobre si quien revela la identidad de un autor que ha ejercido su derecho al anonimato incurre en algún tipo de responsabilidad, especialmente si dicha revelación le causa un perjuicio patrimonial o reputacional demostrable.


No existe aún una respuesta jurídica consolidada. El derecho de autor fue construido sobre la premisa de que el autor quiere ser conocido, que la autoría es un honor que se reivindica, se reclama, se defiende, no un riesgo que se administra. Banksy invierte esa lógica por completo: para él, el anonimato no es una renuncia a la paternidad, sino su expresión más pura. Su obra encuentra su valor precisamente porque no sabemos quién la firma.  Su identidad es, en sí misma, el activo de propiedad intelectual más valioso que posee.

 

Comentarios


Logo MyT fondo.png

© Derechos reservados

Connecta B2B - 2025

ACERCA DE NOSOTROS

Mercados & Tendencias es la comunidad de economía y negocios para emprendedores y empresarios más relevante de América Central y El Caribe. Contamos con más de 15 años de experiencia en el mercado y somos un espacio multiplataforma y un núcleo para conectar negocios. Se compone de varios elementos: su sitio web con noticias de temas relevantes en la región, un newsletter semanal, su multiplataforma de redes sociales y eventos como 100 Ideas, Mujeres Emblemáticas, Evolución Pyme  y Connecta B2B. Es el referente número uno para los emprendedores y tomadores de decisiones en el sector económico, financiero y de negocios. 

24 / 7 Actualizaciones en nuestras Redes Sociales 
  • Facebook
  • YouTube
  • LinkedIn
  • Instagram
  • X
  • RSS
bottom of page